30/07/1964

Buenos Aires, 30 de julio de 1964

El problema político argentino, como el de cada uno de los países de nuestro continente, ha dejado de ser intrínseco porque nada de lo que hoy se desarrolla en el mundo se produce en compartimentos estancos. La vida de relación ha aumentado en razón directa al perfeccionamiento de los medios técnicos de las comunicaciones y de los transportes: lo que sucede hoy en el polo Norte se sabe diez minutos después en el Polo Sud; hoy se almuerza en un hemisferio y se cena en otro sin que a nadie le cause la menor extrañeza. Es como si la tierra se hubiera empequeñecido.

Este empequeñecimiento inverosímil del planeta ha traído en lo político consecuencias también inverosímiles: a nadie le extraña hoy que los Estados Unidos o Rusia estén empeñados en la solución de un problema interno de Laos o del Vietnam, países que están a más de veinte mil kilómetros de Washington o Moscú. La política internacional, que juega dentro o fuera de los países, influenciando la vida de las naciones y de los pueblos en forma decisiva.

Es claro que tal estado de cosas, producto de la lucha entre los grandes imperialismos existentes, ha traído la necesidad de crear los instrumentos necesarios para su manejo. Así han surgido las “grandes internacionales” que actúan abierta o disimuladamente en todas partes. Estas internacionales, aparentemente en pugna, se unen cuando aparece un “tercero en discordia” como sucedió en la Segunda Guerra Mundial en la que todas las internacionales se aliaron para aniquilar la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, para terminar finalmente en Yalta repartiéndose el dominio del mundo como un medio viviente de asegurar un poco de paz ya indispensable. Otros ejemplos, muy aleccionadores podríamos citar los argentinos en el orden de la política interna, de los cuales hemos recibido una muy amplia experiencia.

Estas formas de la acción política ya no son un secreto para nadie. Por eso, los pueblos han comenzado a sentir la necesidad de escapar a la férula de las internacionales que, en último análisis, son las grandes centrales de la dominación y explotación de los pueblos y de los hombres, ya sea en provecho de otros hombres o del Estado porque, para la explotación, la ideología no cuenta. ¿Por qué entonces ha de contar la ideología en el sentimiento de liberación de los pueblos o de los hombres?: el problema es liberarse y dentro de esa aspiración se encuentran numerosos países de Europa y América en el Oeste, como asimismo China, Yugoeslavia, Albania, Hungría, Polonia, etc., en el Este.

La formación del Tercer Mundo, impulsada por la unión tácita o explícita de los que luchan por su liberación al Este o al Oeste de la famosa cortina, ya ocasiona como en 1938, el acercamiento de los imperialismos dominantes impulsados por sus grandes internacionales. Así parece comenzar una nueva etapa de la historia contemporánea.
Cuando contemplamos el problema argentino a la luz de estos hechos, todo parece verse con mayor claridad: un Pueblo que lucha por su liberación contra las fuerzas reaccionarias interiores apoyadas por los imperialismo foráneos. El proceso iniciado en 1955 nos ha llevado a la ruina económica, a la supresión de la justicia social y al sometimiento de la soberanía nacional, porque esta clase de sometimientos resultan siempre los más caros que existen pero, a pesar de todo, no se ha podido apagar la llama de la liberación que arde en el corazón de los hombres que no han comprometido su libertad.

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