20 Sept 1956

Buenos Aires, 20 sept. 1956

Sr. Juan Domingo Perón

Querido General:

El viaje de un amigo me permite franquear aduanas y censuras del correo y hacerle llegar un fuerte abrazo a través de tanta distancia y de tantos acontecimientos. Desde la muerte de su señora -­santa y ejemplar muerte que no olvidaremos jamás!- no he tenido oportunidad de conversar ni un instante con Ud. ­Y cómo lo hubiera deseado tantas veces! Puede Ud. imaginar mis sufrimientos de estos años al contemplar cómo fue formándose, impulsada desde la sombra, por los enemigos de nuestro movimiento de justicia social, la tormenta artificial del diferendo entre Iglesia y Estado. El alto clero se dejó envolver por la oposición. Y vistió apariencias de lucha religiosa, la que no fue nada más que intriga política de los sectores de la burguesía, sobre todo la liberal e internacionalista. Hoy, creo, la Iglesia ha comprendido que se usó y abusó de ella, que luego de septiembre se la burló, y que el liberalismo, masonería y ateísmo militante, entronizado en todos los puestos expectantes, descristianizar n a corto plazo las conciencias juveniles, sobre todo en los colegios y universidades. Y no sé para qué le escribo esto que Ud. sabe mejor que yo. Espero que Dios se compadecer de este pobre pueblo absolutamente ausente, desde hace un año, de todo acto público, de toda concentración ciudadana, radiado de la vida nacional y herido en todo lo que amó, ama y amar .Cuanto Ud, y su esposa hicieron por él y por la hegemonía del proletariado el pueblo se los está pagando con creces en moneda de amor, de un amor que arraiga más cuanto más se lo pretende extirpar. Esto debe llenarlo de satisfacción en medio de sus amarguras.

Casualmente llegó a mis manos un número de “Elite” en el que leí su artículo “¿Yo, perseguidor de la Iglesia?”. En su parte final cita Ud. páginas de mi libro “La aristocracia frente a la revolución”. Muy bien citadas. Todo cuanto allí escribí es absolutamente conforme a la verdad. Pero, a mi entender, mucho más importante es, para probar los merecimientos del Gral. Perón para con la Iglesia, cuanto escribo en Págs. 378 al 381 donde pinto el cuadro espiritual del país antes y después de 1945. Hoy ha vuelto el ateísmo a señorearlo todo. Se imprimen y vocean en las calles “Organos de la masonería” y se palpa en el aire un espeso vaho de cipayismo, ateísmo y liberalismo, plagas siempre juntas.

Ha sido una catástrofe para el país la crisis político-religiosa del pasado año. Sus trágicas consecuencias recién ahora las comienza a sentir el pueblo. Todos hemos perdido. La Iglesia, porque ha germinado en el corazón del pueblo un terrible y justo resentimiento contra ella. El pueblo, porque se le ha retrotraído a los tiempos del m s furioso individualismo. Pero, como no hay mal que por bien no venga, el justicialismo argentino, al que no pudieron imponer en América la propaganda oficial, las revistas y las embajadas rentadas, lo ha impuesto el dolor de los peronistas de la diáspora o del destierro, lo han impuesto sus perseguidores, lo han impuesto nuestros mártires de Junio, nuestros heroicos mártires, cuya grandeza espiritual asombrar al mundo el día que sea conocida. Hoy las masas populares de toda América Latina son justicialistas. Hemos llevado ahora a otros países la libertad social de los trabajadores como hace ciento cincuenta años llevamos la libertad política. Entonces las banderas de liberación las pasearon nuestros soldados. Hoy las pasean nuestros exiliados. El mismo destino y la misma vocación entonces y ahora. Dios quiera que todos los peronistas de la diáspora (así llaman los judíos a su dispersión por el mundo) Se hagan dignos de su grandioso destino. He escrito mil veces que la obra de redención social no la haremos sino por íntimo toque de corazón a corazón, y más con nuestro renunciamiento y ejemplo de austeridad de vida que con medios materiales. Es la nuestra una suerte pareja a la del cristianismo en sus primeros tiempos. Y no menos conspiran a nuestro triunfo las minimísimas minorías, adueñadas del poder, con su babelismo, desenfreno e insolencia. Es ésta tanta que los gritos de las masas peronistas en las concentraciones de Plaza de Mayo sabían a piropos si se los compara con los sangrientos aullidos que arrojan ahora las élites pidiendo matanzas y m s matanzas. ­Linda manera de matarse ellos a sí mismos para siempre!

­Y qué lección nos hemos recibido! Hasta yo, que en mis escritos le he sacudido a la burguesía andanadas soberanas, yo mismo creía, como creían todos, que la flor y nata del pensamiento, de la exquisitez intelectual, de la alta cultura era patrimonio de nuestros opositores. ¿Nosotros? Pobres gatos, tendríamos que soterrarnos de vergüenza el día que ocuparan ellos las altas tribunas. Ese día soltarían su vuelo bandadas de líricos ruiseñores. Nuestros maestros, académicos y truchimanes de ASCUA habían tenido diez años para componer el garguero, reinarse, decantarse, aquilatarse. Y por fin les tocó el turno y salieron de sus estuches. ­Qué espectáculo de bochorno! ­Qué desilusión la nuestra! ­Qué olor a moho, a ratón y a gato en sus ideas sociales, políticas y económicas! ­Apestan! Hasta el lenguaje es de una vaciedad y pedantería nauseabunda. Se han pasado ya un año entero repitiéndose las mismas sonseras, todos con el mismo tono, todos con los mismos gestos. Ni una idea nueva. Ni un pensamiento generoso. Incomprensión del pueblo, furor, odio, revanchismo y estupideces a kilos. Todo fue echar a Perón y ese mismo día vender la Argentina. ­Y si la hubieran vendido bien; pero no, no han hecho toda la vida otra cosa que venderla y aún no han aprendido a venderla bien!

He leído todos los libros publicados este año contra nosotros. Excepto uno, “El otro rostro del peronismo” de Ernesto Sábato, hondo y sereno y digno de tomarse en cuenta, todos los demás, ­qué bazofia! “Ayer fue San Perón”, “Eva Perón la mujer del látigo”, “¿Qué es esto?” deben ser analizados en institutos frenopíticos. están hechos de odio demencial, de odio patológico. Ni qué decir las gacetillas de escándalo de las no pocas revistuchas pornográficas que, tras nuestra caída, salieron enseguida a negociar con la infamia, la calumnia y la inmundicia. ­Y gozan de absoluta impunidad! El furor de los pasquines de las “Brigadas Investigadoras”, de los intelectualoides y de la prensa en cadena nos puede hacer un gran mal. No el que ellos quieren, el de pulverizarnos y raernos de la faz de la tierra, sino el de que no meditemos sobre nuestros errores lo suficientemente o nos demos por muy satisfechos comparándonos con ellos. ­Pobres de nosotros si la medida de nuestra grandeza es la chatura de nuestros enemigos!

Voy escribiendo cada día una especie de historia de la “Revolución Libertadora”. Son reflexiones pintorescas sobre los acontecimientos. Me acerco ya al medio millar de páginas. No trato tanto de pegarles a “los libertadores” (cosa, por otra parte demasiado fácil, porque donde pone uno el dedo, aun a ciegas, toca llagas) sino de aprender de sus errores a ver los nuestros. Porque, en el fondo. ellos no hacen nada m s que afirmar nuestros errores, que desmesurarlos y llevarlos hasta lo patológico. Por ejemplo, su odio al pueblo es rebote de nuestro desprecio por la oligarquía. Hay que confesarlo. Fue grave disparate el nuestro (­así lo estamos pagando!), en nuestros diez años anteriores, haber desestimado, apuntando a fines electoralistas, los importantísimos sectores de la burguesía y clase media. Esto nos hizo más daño político que la lucha con la Iglesia, con habérnoslo hecho ésta tan enorme. Porque toda fracción política se empobrece cuando se la encierra en clases o castas. El partido popular se daña a sí mismo menospreciando la burguesía y clase media, como se dañan éstas menospreciando al pueblo. Aun en lo electoral le hizo daño al peronismo el presentarse como partido clasista. Y no lo necesitábamos para presentar un frente social arrollador al frente político opositor.

El panorama del país es sombrío, tremendamente sombrío. No veo que aclare por ningún horizonte. A mi juicio ojalá me equivoque!- nos queda por pagar mucho dolor, l grimas y sangre. De esta terrible prueba, nuestro pueblo, si la supera. saldrá con el carácter cambiado. Dejaremos de ser, de ahora para siempre, el pueblo niño, generoso, indulgente que éramos. Se han arrojado simientes de odio para un siglo. Queda abierta una espantosa cuenta de sangre que todos vamos a pagar. Nuestros errores, nuestros graves errores ­qué insignificantes parecen al lado de las monstruosidades perpetradas en tropel durante este año! Y para qué abundar más. A Ud. no le faltar n – supongo – apreciaciones objetivas y veraces sobre nuestras cosas. Aunque es tan difícil ver bien en medio de este caos…!

¿De mi vida? ­Qué he de decirle! Me echaron de la cátedra el mismo día que los “libertadores” tomaron el mando. Y me hubieran echado también de mi Iglesia si ésta me reportara la menor ventaja. Como todo mi trabajo en ella lo hago gratis y encima sostengo el templo de mi bolsillo, no me han tocado. Tampoco habrían hallado – creo – un sacerdote dispuesto a aceptar este presente griego ni aun con pinges rentas de capellán. Ardían de ganas “los libertadores” de pegar el grito en los diarios: “El Confesor de Eva Perón se robó millones, tiene tantos coches y tantas queridas…” Durante meses las “Comisiones Investigadoras” lo hurgaron todo en busca de algo suculento. Pero nada, nada. No hallaron absolutamente nada con que barullar. Se dieron con las puertas en las narices. No lo querían creer que jamás hubiera recibido un solo centavo no de la Fundación, ni de Ud. o de la Señora, ni de nadie. Sin embargo, tenía yo que purgar mi peronismo, mi amistad con Ud. y con su señora, y mis escritos y discursos en favor del pueblo. Para esto proyectaron asesinarme. Como lo oye. Después de haberles fracasado otros medios, asaltaron mi casa en la madrugada del 12 de Febrero. Me tuvieron a un paso de distancia. Me escapé de ellos, aquella noche, porque Dios es bueno y ellos fueron unos brutos. Cuatro meses los pasé escondido, jugando al juego del zorro. En mi casa hicieron cuanto quisieron. Una de las veces que la tomaron lo hicieron con dos grandes camiones del Ejército y veinte soldados con ametralladoras. No me atrevería a contar la cosa por inverosímil si no la hubiera presenciado todo el barrio. Pues el despliegue se realizó a media mañana con el consiguiente alboroto del chiquillerío. Cuando amontoné pruebas sobre el propósito criminal de los asaltantes, de cuya complicidad difícilmente podía escapar el gobierno porque exhibían ellos chapas de “Personal de Investigaciones”, le escribí al ministro Busso la carta cuya copia adjunto. De ella envié ejemplares a varias embajadas y a la United Press. Si después de ella me mataban, el gobierno era responsable. Un capellán de la Marina me dio mil vueltas para que retirara el escrito. Se me prometió el oro y el moro. Lo mantuve y exigí una investigación. Esta corrió la misma suerte que la investigación sobre el asalto a la casa del Embajador de Haití. Pero, por lo menos, me dejaron en paz. Desde comienzos de Junio estoy otra vez en mi casita del Barrio. Ud. la conoce. De no haber estado escondido los meses anteriores, de seguro caía en la sangrienta barrida de Junio.

Si no hubiera sufrido persecución ninguna, me sentiría avergonzado ante el pueblo. Este lo ha enfrentado todo con heroísmo: las cárceles, incomunicaciones, torturas, hambres y aun el odio de los familiares. Lo peor son las traiciones y delaciones aun entre parientes. Para dividir a las familias de prestigiosos peronistas se está echando mano de todo, de anónimos al marido levantando sospechas de su mujer, o enamorando a ésta para arrancarle secretos y sembrar odios. El clima es de guerra intestina. El Gral. Tanco y el Capitán Bruno, héroes de las jornadas de Junio, le habrán detallado todo esto. Los familiares de nuestros mártires están sobrellevando la prueba con gran espíritu. Hace pocos días me visitó la Señora del Gral. Valle y su hijita, ­qué ejemplos magníficos de entereza moral! No sé qué sea m s heroico en estos casos: si afrontar la muerte o afrontar la vida. No podrá decirse de nuestro pueblo que le faltó pecho de héroe por sobra de espalda de esclavo.

Por aquello de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” y por carecer el pueblo de prensa propia lee vido “Azul y Blanco” de los nacionalistas, “Revolución Nacional” de Cerruti Costa, ahora preso, “Justicia Social” de un grupo de obreros alentados por un sacerdote obrerista, el P. Esperanza, “Unión” de la Unión Federal Demócrata Cristiana. Todos estos semanarios le pegan al gobierno sin asco. Entre las revistas descuella “Qué”, parecida a “De Frente” de Cooke. Han contraído méritos insignes con nuestro pueblo y es de justicia hacer mérito de ello nuestros escritores Scalabrini Ortiz, formidable, Jauretche, Güemes, Olmos. Este último, el próximo lunes saca a la calle otra vez “Palabra Argentina” y tiene en prensa un libro ruidoso. Se lo enviaremos ni bien podamos. Tiene este muchacho una constancia indomable. Ha padecido de todo desde que secuestraron 5 números. Le allanaron la casa. Lo persiguieron. Y sigue como si tal cosa. ¿Y nuestros presos políticos, hombres y mujeres? están dando un ejemplo heroico. Espero en Dios que ha de premiar aún en este mundo a quienes con tanto coraje han sufrido tanto por la causa del pueblo tan íntimamente unida a la causa de Dios. Lo abrazo.

Hernán Benítez

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